Feminilidad, Masculinidad y Sexualidad: una genealogía y nuevas narraciones
- yleniamajo
- 3 dic 2025
- 7 Min. de lectura
La noción de feminidad y masculinidad no deriva de la naturaleza. Muy a menudo me ha ocurrido escuchar a algunas personas que recurren a ejemplos tomados del mundo animal para justificar y naturalizar un comportamiento que en realidad es atribuido por la sociedad a las mujeres y a los hombres.El ejemplo más frecuente es el de una especie en la cual la división sexual de los roles prevé que el macho cace y la hembra cuide de la descendencia. Se trata de una suposición completamente errónea porque existe una importante distinción entre los animales y los seres humanos. Esta diferencia fundamental consiste en que es la Naturaleza la que prescribe el comportamiento de los animales: las actividades que deben realizar, el alimento del cual deben nutrirse, las modalidades de reproducción, etc.
Los seres humanos, en cambio, son animales culturales; podemos entender la cultura de una determinada sociedad en un determinado momento histórico como el conjunto de orientaciones que moldean el sentido común y, por lo tanto, las ideas y el comportamiento de los individuos y su rol dentro de la sociedad.
Es obvio que existen algunas características biológicas que distinguen a las personas de sexo femenino de las de sexo masculino, como por ejemplo el ciclo menstrual o el embarazo. Pero todo lo demás no está prescrito por el sexo biológico al que se pertenece, sino por el género, y es aquello que está socialmente construido.

Lo que es el género masculino y lo que es el género femenino ha sido debatido durante los últimos siglos. Yo también quedé bastante desconcertada cuando descubrí que a lo largo de la historia se han alternado diferentes definiciones de lo que significaba ser mujeres y hombres.De ello se deduce que lo importante tener en mente es que no se trata de concepciones fijas, sino cambiantes, significados contingentes a un período histórico específico o a una cultura determinada. Y te diré más: las relaciones entre los géneros están insertas dentro de dinámicas de poder más amplias.
Hace tiempo que sigo el debate del pensamiento feminista y me he cuestionado innumerables veces porque se trata de un tema aparentemente tan simple y natural pero en realidad muy arduo, delicado y sutil.Por lo tanto, considero que, en este caso, es necesario “complejizar” el discurso, tomando en consideración diferentes puntos de vista y redimensionando la narrativa predominante que tiende hacia la simplificación y que se remite solo al feminismo de corte occidental.
Inicialmente seguí la corriente mainstream de las “mujeres fuertes y emancipadas”; viví bajo la ilusión de que, para estar al día y a la altura de los hombres, había que esforzarse y alcanzar posiciones de cierto prestigio.En un cierto punto hubo un parón; entendí algo fundamental: estaba adoptando modos “masculinos” tóxicos. Ese tipo de comportamiento que las corrientes feministas critican. Atención, cuando hablo de comportamientos masculinos tóxicos, no me refiero al comportamiento de todos los hombres, sino a aquellas actitudes que han sido y continúan siendo perpetuadas por la mayoría de los hombres en la sociedad patriarcal.
¿Que el feminismo consistiera en parecerse lo más posible a los hombres? ¿O quizá esto significaba más bien la destrucción de los múltiples rasgos que caracterizan la feminidad? ¿Y por lo tanto la valorización del comportamiento masculino y la desvalorización de todo lo femenino? Pues sí, sentía que me estaba enganchando a la tendencia de la sociedad patriarcal que prevé un sistemático menosprecio de las cosas hechas por mujeres.
Considero que ahora es necesario dar un paso adelante y transformar el mundo en un lugar tanto para hombres como para mujeres, personas trans y queer. Es necesario un reposicionamiento de lo masculino: de universal a particular. Lo masculino no es la medida de todas las cosas, sino simplemente una categoría. ¿Qué quiero decir cuando afirmo que lo masculino ha ocupado una posición universal? Lo masculino ha ocupado una posición universal cada vez que, por ejemplo, usamos la palabra “hombres” para referirnos a la raza humana, que está compuesta por mujeres cis, hombres cis, mujeres trans, hombres trans. Y quizá existan otras subjetividades que yo desconozco. Por lo tanto, los hombres son una de tantas subjetividades posibles, uno de tantos puntos de vista posibles: no el único, no el principal, no el mejor.El problema es que estamos tan acostumbrados a usar la palabra hombres y seres humanos como sinónimos que damos por sentado que eso es correcto.
Continuamos perpetuando este error a pesar de ser conscientes de que los seres humanos no son solo los hombres, porque pensamos que el lenguaje no tiene ningún efecto sobre la realidad circundante. Pero el ocultamiento de lo femenino en el lenguaje se ha reflejado en el oscurecimiento del punto de vista y del potencial de las mujeres, como si las mujeres fueran algo distinto de la humanidad. ¿Alguna vez te has dado cuenta de que en la inmensa mayoría de las películas los protagonistas son hombres? Esto porque se ha considerado que las historias más importantes son las masculinas. ¿Y entonces qué se hace con los personajes femeninos? Se han convertido en un instrumento al servicio de los masculinos, además de haber sido objetificados.
Me resulta realmente difícil no pensar en la manera en que lo masculino y lo femenino han sido articulados por la sociedad actual; se trata de cuestiones que tenemos ante los ojos todos los días, por ejemplo, la forma extremadamente distinta en que la sexualidad es vivida por la mayoría de los hombres y de las mujeres.
Culpar al placer ha sido una de las herramientas más eficaces para dominar a las mujeres, para colonizar de diferentes modos el cuerpo femenino.En el libro “A origem do mundo: Uma história cultural da vagina ou a vulva vs. o patriarcado”, Liv Strömquist presenta a todos aquellos hombres que “se interesaron un poco demasiado por los genitales femeninos”.Por ejemplo, Kellogg, que intentó impedir que las mujeres tocaran sus propios genitales, y Baker-Brown, que creó un método para impedir la masturbación femenina a través de la extirpación quirúrgica del clítoris (clitoridectomía).
A continuación te presento todo lo esencial que aprendí de su libro, que yo leí en portugués porque me lo prestó mi compañera de piso aquí en Brasil; se trata de un contenido realmente innovador y me gustaría que tuviera una amplia difusión. Adoro este libro porque nos permite realizar una genealogía de algunos tabúes sobre el sexo y el ciclo menstrual: ¡solo descubriendo su origen se puede tomar conciencia de su alcance para luego subvertirlos!
Debes saber que durante años hemos representado gráficamente los órganos genitales femeninos de manera incorrecta y hemos denominado inadecuadamente la vulva, que frecuentemente se confunde con la vagina. ¿Cuál es la consecuencia de todo esto? Se ha desarrollado y arraigado progresivamente la creencia de que los órganos femeninos no tienen una parte externa y que, por lo tanto, son solo un “agujero que llenar” con las protuberancias masculinas y, en consecuencia… que las mujeres están por naturaleza caracterizadas por una carencia que solo puede colmarse mediante un acto sexual de tipo heterosexual.
En la Edad de Piedra, así como en la época griega, la vulva no solo se representaba gráficamente en grandes dimensiones, sino que tenía un fuerte significado espiritual y existencial, y era un símbolo de fuerza. Lo cierto es que no estaba en oposición a lo sagrado.La narrativa predominante sobre la sexualidad femenina es que para las mujeres no solo es difícil alcanzar un orgasmo, sino que, más que necesariamente sentir placer y alcanzarlo, necesitan más un involucramiento emocional. Por el contrario, según los manuales anteriores al Iluminismo, el orgasmo femenino era considerado imprescindible para lograr un embarazo.Sabemos bien que, en cambio, la narrativa de la sexualidad masculina es que el sexo es muy deseable y el orgasmo inevitable y parte imprescindible del acto.
A lo largo de la historia se han alternado dos representaciones de los dos sexos: la primera, hasta el Iluminismo, que no hacía distinciones entre el cuerpo masculino y el femenino: la vagina se representaba como un pene al revés, la mujer era una versión inferior del hombre.Desde el Iluminismo en adelante, sin embargo, se reforzó la idea de que mujeres y hombres se caracterizaban por una oposición irreconciliable y una complementariedad; por ejemplo, se afirma que, durante la excitación, la vagina se lubrica para facilitar la penetración, cuando en realidad el clítoris se vuelve más grande y más duro.
¿Por qué precisamente el Iluminismo? Porque era necesario justificar con medios científicos y ya no divinos la inferioridad de las mujeres. Es en este contexto que toma forma la idea de una sexualidad claramente distinta entre hombres y mujeres.Y las mujeres (algunas, como Wollstonecraft) aceptaron con alivio el criterio de la “falta de deseo sexual” para diferenciarse de los hombres porque, anteriormente, habían sido denigradas por sus transgresiones sexuales: el hombre había sido considerado más capaz de razonar filosóficamente y dotado de mayor moralidad.Por lo tanto, se trata de una inversión total del prototipo femenino: de pecaminosa y carnal a caracterizada por la ausencia de deseo sexual.
El descubrimiento de las dimensiones del clítoris se remonta a 1998: la pared anterior de la vagina es inseparable de la parte interna del clítoris, por lo que la distinción entre orgasmo vaginal y clitoriano pierde sentido porque todos los orgasmos tienen origen en el complejo del clítoris.De ello se deriva que el ideal sexual que prevé la estimulación del clítoris como preliminar no representa otra cosa que la forma de hacer el amor más conforme al gusto masculino. (Se trata de la crítica feminista de la relación sexual de Shere Hite).En realidad, es la estimulación del clítoris la que debería tener un rol central y todo lo demás ser preliminar o postcoito.Incluso, las mujeres que no lograban alcanzar el orgasmo a través de la relación heterosexual de penetración vaginal —la única aceptable según Otto Adler y Freud— eran consideradas sexualmente insensibles.
En la antigüedad, el ciclo menstrual era considerado algo mágico y divino, capaz de crear una fuerte conexión con el cosmos y sus misterios. Y de hecho, algunos hallazgos arqueológicos presentes en lugares antiguamente sagrados representan la menstruación de las mujeres.
Te diré más: se piensa que algunos rituales masculinos de combate que preveían el sangrado eran en realidad un intento de imitar el ciclo menstrual femenino. Además, se consideraba fundamental el sangrado para liberarse de un exceso de sangre.Las religiones de corte patriarcal han convertido el ciclo en algo sucio y desagradable. Según algunos psicoanalistas, las consecuencias de tratar el ciclo menstrual como un tabú es que este se vierte abundantemente en nuestro inconsciente colectivo, por ejemplo a través de sueños o símbolos.
Un ejemplo es la Bella Durmiente, que representaría, con el pinchazo del dedo, un rito de paso a la pubertad, mientras que la maldición simboliza el miedo a la menstruación.El sueño de la Bella Durmiente se debe a la complejidad de este proceso en curso. A veces, un período de descanso es necesario para obtener una realización mayor: no solo aquello que se puede ver conduce a la consecución de objetivos. Por ejemplo, la estatua “El Pensador” de Rodin representaría el síndrome premenstrual como un estado elevado de profunda reflexión filosófico-existencial.Un elemento que consolida el prejuicio sobre el ciclo menstrual es el mecanismo de inversión psicológica de la publicidad y de la industria de las compresas: por ejemplo, se dice que las compresas contienen moléculas capaces de neutralizar los “malos” olores…¡Pero en realidad son las compresas desechables las que contaminan nuestro planeta, no es el ciclo menstrual el que es sucio!
Buena lectura,
¡hasta la próxima!
Ylenia
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